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El Jefe – cuento

                    El Jefe                   

por Dimas Lidio Pitty
Narrador y poeta panameño

Cuando   llega  a  la  oficina,  todos   lo  observan   atentamente.  Las mujeres,  porque  es apuesto  y  frisa la edad de las sienes grises, en la cual, se dice, todo hombre es proclive  a  engañar  a  su  mujer;  los  varones,  porque  en secreto  envidian  sus  corbatas,  siempre  adecuadas al traje y en armonía con el tiempo  reinante.  De manera pues, que su entrada origina espectación general en el Departamento; y   ésta alcanza el clímax  cuando  da  los buenos días con voz bien modulada, límpida, como cepillada  junto con los dientes.

– Las  palabras  parecen  hechas para su  boca – dice una, en el colmo del arrobo-.  Daría cualquier cosa por tener un hombre así.

Después de recibir la admiración unánime el jefe ocupa algunos minutos en enterarse de lo ocurrido antes de las  10:30,  su  hora  habitual  de  llegada.  Seguidamente dicta una nota y  habla por teléfono con varias personas (otro jefe, amigos – acostumbra  llamar a su esposa para preguntarle si durmió bien – quizás el ministro, en casos especiales al propio presidente). A continuación va a la cafetería y pide un vaso de jugo deshidratado.

Al  regreso, conversa con la secretaria del  ministro y, con la secretaria del vice-ministro.  De paso saluda al di rector de  Relaciones  Públicas.  porque  es  conveniente, claro, que sean conocidos los adelantos introducidos por él en provecho de la administración pública y  en beneficio del país.

De vuelta en su despacho, firma la nota y  ordena su envío. Luego enciende uno de sus cigarrillos importados extralargos,  con  boquilla  de  lujo) y su figura  adquiere  relieves grandiosos.   Si  no  conociéramos    sus  virtudes,   su sensibilidad,   su  gracia,   su  don  de  gente,   si  no  hubiéramos percibido   cada   mañana   el  aroma   de  su  colonia exclusiva,  diríamos   que  no es  humano,  sino  divino,  Hay  que ver  el  corte  impecable   de  sus  trajes,   la  calidad   de sus trabajos.

Pero  lo más extraordinario,   lo que  le granjea  la simpatía y el agradecimiento   de todos,  es que,  a pesar  de su ilustre  origen  familiar,  que  bien  le  permitiría  envanecerse,  no es soberbio ni petulante.  Por el contrario, podemos  acercarnos a tratarle cualquier asunto con la absoluta seguridad de ser atendidos.

Es cierto que, a veces, mientras le exponemos problemas  sobre  las  contribuciones  regresivas o  sobre  el desbalance   habido en determinado renglón de los ingresos fiscales  se  distrae  contemplando  su  encendedor Dunhill  y adopta un aire soñador que lo asemeja a Mastroiani; pero eso carece de importancia frente a sus múltiples  virtudes,  ¿qué  puede  significar  este  pequeño  defecto?

Como conscientes de su valía y la importancia de su equilibrio   emocional  casi   siempre  evitamos   mortificarlo con  asuntos enojosos. A toda costa, tratando de evitarle disgustos. Por eso la marcha del Departamento recae en nosotros, principalmente en la exigua figura del sub-director,  un   hombrecito   de   extracción   humilde, discreto y apocado, pero muy competente.  Lo cierto es para decirlo de una vez, asumimos gustosamente todo el trabajo para que él pueda atender a sus amigos o efectuar cualquier diligencia.  Porque es un hombre con muchísimas  ocupaciones,  perennemente  asediado  por agasajos, juntas, seminarios, etc… Además, comprendemos que para una de su jerarquía debe resultar en extremo desagradable y engorroso ocuparse de minucias.

Por otro lado (y esto es algo que nos llena de orgullo), confidencialmente hemos sabido que fue nombrado aquí para que el país se honre teniendo un hombre de abolengo en esta posición. Y hay quien dice que su designación obedece al propósito de familiarizarlo con los asuntos  fiscales,  porque está destinado a cargos muy altos.

Ahora, el momento cumbre, realmente sublime del jefe  se  produce cuando  acudimos  a su despacho,  aislado  por  grandes  vidrios  y  cortinas,  a  contarle  algún chiste.  Entonces, rodeado por todos, parece un general en medio de sus tropas, o tal vez un líder idolatrado por su pueblo.

Hay que ver cómo ríe.  Su regocijo es tan contagioso que todos nos ponemos eufóricos y olvidamos nuestras penurias y desdichas y si, en un desborde de entusiasmo, alguna de las muchachas se sienta encima del escritorio; él no muestra disgusto; al contrario, la abraza y  ríe con  más ganas.  En verdad,  es incomparable. Ninguna otra dependencia del ministerio cuenta con un jefe como él. Y posee tal aplomo, que sólo una vez  lo hemos visto confundido.

Ese día vino un contribuyente a solicitar cierta información, de suma importancia para la buena marcha de su empresa. Como es usual en estos casos, quien debía proporcionarla era el jefe del Departamento, y a él se dirigió.

El señor, muy amable, por cierto, estuvo largo rato explicándole  lo que buscaba, pero el jefe, que  ese día cargaba su corbata más hermosa, no entendía. Finalmente el hombre comenzó a sudar y a ponerse verdoso y dijo que  olvidara  el  asunto, que  había caído  en cuenta  de que, después de todo no era tan vital.

Seguidamente, con el aire más risueño del mundo ofreció contarle un chiste. El jefe, que adora los chistes de todos los tonos, desde los blancos hasta los púrpuras, aceptó complacido y, en una muestra de su benevolencia, de su afán de confraternizar con sus subordinados nos llamó para que oyéramos.

-En  una ocasión – dijo  el hombre – a un tipo que era muy  bruto le plantearon este enigma:  encierra en un círculo a la criatura más estúpida y vil que existe. No es rata, no es la hiena, no es el centauro, no es el sapo.

-Cuál será?  Párate frente a un espejo y él te lo dirá.

Al terminar de hablar, miró fijamente al jefe para ver si había comprendido.

– No – respondió el jefe, amable  y divertido,  –  no entiendo nada.

– Aquel  pendejo tampoco – dijo  el hombre  –  Aquí te dejo un espejo.

A continuación,  nos miró a todos con una extraña expresión y se  marchó sin despedirse.

El jefe, por su parte, fruncido el ceño, tomó el espejo y lo examinó  atentamente, como queriendo  arrancarle la clave al enigma.

Ahora,  lo extraordinario, lo que  nunca olvidaremos, es que – y este rasgo confirma, sin duda, su origen ilustre y  su  educación  extranjera –   pese  al  penoso  esfuerzo mental que  hacía,  no cesaba  de  acariciar  la  más elegante y cara de sus corbatas.

Este cuento puede ser encontrado en el libro "Lecturas Escogidas de Milagro Ballesteros de Calvo"