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Miedo (cuento)

                      MIEDO                     

cuento de Lucas Bárcena – panameño

Era así cuando pequeño. Las pocas veces que iba a la escuela se presentaba con la camisa abierta por delante; las manos y la cara con señales palpables del último mango que sus labios habían acariciado; en uno de los bolsillos el biombo de largas tiras elásticas y en el otro las piedras, tantas piedras que le hacían enorme bulto… La maestra lo miraba con tanta extrañeza como miedo: ya tantas veces lo había reprendido y castigado; tantas veces le había hablado a su madre de él. Pero ésta confiaba también en que era la maestra quien como último recurso, debía enderezar al muchacho. Entretanto él parecía estar bien lejos de ese mundo en que, se debatían los demás, sin penas y sin preocupaciones. Todo para él era lo mismo. La maestra dictaba su clase y él se dedicaba a observar a sus compañeros vecinos; si alguien presentaba algún rasgón en su vestido él introducía allí su dedito hasta hacer más grande ese rasgón; si una mosca se paraba en la cabeza o en otra parte del cuerpo de otro, él corría a matarla sin molestarse por los daños que causara, Luego, sólo tenía que volar un pajarito cualquiera sobre las ramas de los árboles vecinos de la escuela para que José Hilario saliera precipitadamente tras él, sin hacer caso del llamado de la maestra y de los otros alumnos.

Pero este estado de cosas cambió de manera repentina. Parece que las, historias de fantasmas y aparecidos (duendes, silampas, tuliviejas) que frecuentemente contaba su padrino Isaías le impresionaron un tanto y los gritos extraños de ciertos monos que había oído en las noches le parecían ahora ser la señal de esos fantasmas. Y se llenó de miedo. Le parecía inevitable aquello de .que algún día tendría que pagar con creces, con su misma sangre toda la que había derramado de las aves indefensas (ruiseñores las más); le parecía que todo susurro en la noche era el canto de la pavita de tierra, augurio de muerte prematura. Y sobre todo qué pasaría cuando alguna noche oyera bramar el chivato, como si su grito saliera del fondo de la tierra?

Por eso fue extraño a todo el mundo ver de pronto la amistad que se iba fundiendo entre José Hilario y el sacristán de la parroquia; el muchacho, ya un adolescente subía a la torre al repique de las campanas y luego se detenía allí en muda contemplación. Bandadas de murciélagos volaban a su lado amenazantes y él no te­ nía para con ellos intenciones malévolas como antes. Andaba apartado de los demás y un tanto obediente con los mayores. La madre entonces se llenó de júbilo y pensó mandarlo a estudiar para cura; pero sus recursos no se lo permitieron.

Andaba por la calle y sus ojos y sus oídos parecían estar como a caza de ruidos extraños. José Hilario se asustaba de todo y esa situación fue aprovechada por sus amigos Daniel, Eufemio, Cafungo, etc., que fueron los que más sufrieron como menores que él de sus maldades, y quienes ahora a todo momento trataban de sacar partido a su miedo.

Algunas veces lo conseguían. De noche, para poder hurtarse las gallinas y las naranjas de la casa del muchacho, uno de ellos pasaba por la puerta de su casa arrastrando un cuero o algún otro objeto, dando lastimeros quejidos; ese era motivo suficiente para que José Hilario no se levantara, pasara lo que pasara.

Pero aquella vez enfermó la tía Modesta y él tenía que acompañar a su madre atendiendo a la enferma que vivía del otro lado de la quebrada. José Hilario regresaba tarde y solo a su casa con un silbato en los labios que de lejos delataba su miedo; no volvía la mirada a ninguno de los lados del camino y sombrero en mano, y casi a la carrera hacía la travesía hasta quedar en la puerta de su casa. Le parecía como si cien manos fueran tras él, alcanzándolo. Se le ponía fría la espalda y ya cuando sudoroso llegaba, se sentía un tanto avergonzado; pero no podía evitar aquello; entonces se acostaba de cara a la pared y así se dormía.

Esa noche de luna todo estaba claro a su alrededor y se distinguían hasta las cosas que estaban un tanto lejanas, con sus formas, confusas. Eso lo confortaba un poco; caminaba despacio y un tanto despreocupado. Pero al cruzar la quebrada, algo blanco, completamente blanco se fue levantando del monte. Cambió la mirada y apuró el paso y cuando volvía a ver la cosa estaba más cercana y parecía estar levantándose poco a poco. Estuvo a punto de gritar pero se contuvo; volvió a mirar, y el espectro se alzaba y se alzaba y lo seguía. Vió que no tenía forma humana, que era como una pirámide que se retorcía interiormente. Fue a apurar el paso, a correr, pero una piedra lo detuvo y cayó. Vió que la visión lo seguía y dió un grito, pero se repuso; entonces tomando la piedra que lo había detenido la arrojó con toda la fuerza de su miedo a la cosa que lo perseguía. Tuvo la sensación de que había dado en algo vivo pero no supo más de sí. La visión cayó también a un lado del camino.

Los que pasaron después por allí encontraron a José Hilario todavía inconsciente y lo levantaron. De entre unas sábanas sacaron también, cerca de él, el cuerpo de su amigo Eufemio, bañado en sangre.