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Nochebuena dulce (cuento)

autor: Mario Augusto Rodríguez – veraguense

-¿Quiere usted que  se lo cuente todo? … 

– Pues, para que usted vea, Padre, hace  ya mucho tiempo  que venía cosquilleándome por  la lengua el  deseo de contárselo todito a alguna persona. Pero a ninguno  parecía interesarle lo que yo podía  contar. Cuando me  arrimaba al oído de alguno con el relato de mi historia simple, me miraba por encima del hombro y se alejaba de mi presencia, dejándome con las palabras colgadas de los labios.

A  veces se me  ocurría pensar que algunas de esas mujeres  que  me  daban  comida  en  las  cocinas podría entretenerse  oyendo mi  historia,  pero  tampoco.  Apenas comenzaba yo a hablar, cuando…

-¡Vamos:     come ligero  y  cállate, que  yo  estoy  muy ocupada para ponerme a oír simplezas!…  me decían.

-A    usted sí que puedo contárselo todito, ¿verdad, Padre?… y aquí,   dentro de  esta Iglesia es sabroso conversar.  Uno  habla  bajito  y  todos  los  santos parece que lo están mirando y oyendo, con esa sonrisa tierna  y dulce que Dios les ha puesto en los ojos y en los labios.

Yo tengo palabras para  un  largo rato, Padre y como no he de encontrar la Nochebuena más  corta porque me recuerdo  y  desenvuelvo  mi  pasado  para que  usted  me oiga.

¿Sabe usted,  Padre?  ..   Ya me había mojado el  agua de unos nueve  octubres, por  lo menos, cuando llegó  a mi  orilla la primera Nochebuena dulce. Me la trajo  ella, Padre…

"Linda" siempre ha  sido así, como ahora:  flaca y chiquita  y con los mismos ojillos húmedos y claros. Había llevado una  vida  miserable, arrastrada por  todas las  cocinas del  pueblo. El  agua sucia. de  todos los fregadores le había  caído encima para  ahuyentarla. Nadie  la quería. Nunca  le llegaron al  estómago más  que  las sobras muy sobradas y por  eso su vientre  se había  ido  achicando y adelgazando. Jamás  supo lo  que  era  el  calor  de  un  cariño. Nunca  le  hizo cosquillas en  el  oído  el  sonido  de una  voz  amiga.  En  cambio, el  desprecio y  la  burla  le habían caído encima y le estaban doblegando más y más el espinazo sumiso. Y  los chiquillos del pueblo se divertían  a su costa y la convertían en mil  motivos de susto para ella misma y de risa cruel para ellos, en cuyos infantiles corazones ya  comenzaba a  apuntar  la  germinación de las más bajas pasiones.

Fué  en  una  ocasión de  esas cuando  ella  llegó  hasta mí para endulzarme la Nochebuena.  Yo nunca me había puesto triste  en  la  Navidad,  a pesar de  que había visto deslizarse por  mi  lado, puyándome  los  sentidos, la  alegría  de  los  Otros. La  Nochebuena  era  para  mi  corazón de muchacho malquerido una  cosa muy simple, sin gusto,   como cualquiera  de  las otras  fiestas.  Yo  no  había aprendido    ni   siquiera    a  envidiar    la   alegría de los   demás..

Pero  ella vino  a  mi  lado, Padre…   Parece  que  Dios siempre se acuerda de uno, aunque ande descarriado, sin rumbo  y sin  fe, por  las calles estrechas, por  los montes tupidos,  por  los llanos sin caminos. y así, cuando vino, yo tuve mi primer  cariño.  Comencé entonces a mirarle la cara a los sueños y comencé, también, a acariciar con  suave  ternura  unas  esperanzas pequeñitas  que  agitaban sus alas cortas en la palma de mis manos.

Me había dicho la niña Susana que yo había venido al mundo en la Nochebuena de un año que ya estaba lejísimo, perdido en las páginas de quién sabe qué calendario. Nací en el centro mismo de la miseria permanente y mi grito  de saludo a la vida se enredó en la angustia de  la muerte de mi madre.

Nunca  había podido saborear ningún  amor. Ni  siquiera tuve ese cariño que las perras extienden con su lengua sobre la piel de los cachorros recién nacidos. la  niña  sana me contaba que a la casa de ella fuí a dar en la tarde de un Domingo, envuelto en la vejez de una falda sucia y   con la fuente "del llanto abierta a todo correr. -Eras  lo  mismo  que  un  perrito  flaco y  hambriento – me  decía la niña Susana – y te pasabas la noche y  el  día aturdiendo a todo el mundo  con tus gritos.

y agregaba:

-Yo  siempre quise ofrecerte cariño; pero me era imposible sentir como habría sentido tu  propia madre. Además, mis hijas no me dejaban libre ni un pedacito de ternura para  el hambre de cariño que  te  consumía…

Andaba   ya por  los  siete  años  cuando  me  tiré  a la  calle, sin  que  nadie  tratara   de impedírmelo.  Mi  presencia   había sido  innotada   desde  cuando  aprendí   a  no  llorar  y mi  ausencia  tenía  que  ser lo  mismo,  porque   no  podía  hacer  un vacío  en  donde   no  había  ocupado   espacio.

De  la  calle  fuí  a  dar  al  llano  y  del  llano  me  desbordé para   ir  a  hundirme   en  el  monte,   de  donde   había   salido. La  calle,  el  llano  y  el  monte   fueron,   desde  entonces,   un rancho  grande  para  mi  vida  simple  y sencilla.

-¿Quieres       ganarte    un    realito,    Sindulce?..      -y      yo hacía  mandados,   buscaba   leña,  limpiaba   los  patios   e  iba al río  a bañar  los caballos. La vida de los otros no me interesaba. No  había conocido la dicha y no  sabía ambicionarla. Ni  me  espinaba con la tristeza de los otros, ni  con su alegría. No  se endulzaba mi  aire con la risa de los demás, ni  con sus lágrimas.

Andaba solo y suelto, igualito que un pedazo de viento, con todos los rumbos abiertos para mi caminar sin objeto.  Los llanos eran  más anchos que las calles y más abiertos que el monte y por ellos me extendía a veces para ir soltando, al  capricho, sin motivo, un  grito  largo y delgado, una  carcajada desnuda y  limpia,  o  una  saloma que  no tenía más sabor que el de mi  tranquila soledad.

A veces, sin que yo las buscara ni las rehuyera, las fiestas se me acercaban y me envolvían. Las sabía rodeándome porque sentía que el aire se ponía más espeso y que la  luz  era  más  escasa: la gente, cuando está  enfiestada, parece  como que  respira  más  grueso  y  como que  mira más ambiciosamente.

-¿Y     no  te  bautizaron    nunca?  ..  -interrumpe el padre-.    ¿Por qué te dicen "Sindulce"? ..

-No  lo he sabido nunca, Padre…   Desde cuando  me acuerdo, Sindulce es el nombre  al que  sé responder. Supongo que me  lo  han  colgado porque  nada me  duele y nada me alegra. Debe ser, Padre, porque yo ando por ahí, rodando de un lado para otro, completamente vacío de pasiones y de emociones,..

¿Sabe una  cosa, Padre? ..  El  día  de  la  Nochebuena es también el día de mi  cumpleaños. La niña Susana me  ha dicho varias veces que yo nací el mismo día  en que se celebraba el  nacimiento del Niño  Dios. Sin embargo, para que usted vea, ese día sólo lo diferencio de los otros porque  ella,  la  niña  Susana, me  regala  un  pan de dulce caliente, más sabroso que todos los que hace en el resto del año.

Por lo demás, la fiesta me parecía igualita a cualquiera de las muchas otras que la gente se empeña en celebrar año tras año:  aire más espeso, luz más escasa y más es­ trechas las calles por  tan  llenas de  gente.

A  veces, mientras  mordía  sabrosamente el  pan de dulce caliente, me echaba a andar por las calles, llenas de gentes,  de  chiquillos, de carcajadas y de gritos…

¡Las calles temblaban  de  muchachos, Padre!’ ..

Un aeroplano lindo  me pasaba por delante de los ojos, una corneta me desgarraba el aire a la orilla de los oídos y  las risas de  los muchachos desenvolvían sus espirales sonrosadas en  el  liviano  aire  celeste de  la  Nochebuena cándida.

Yo  me  ponía  a pensar  en  que  todos los chiquillos a  quienes   en  los días  anteriores   había  visto  haciendo   travesuras,   maldades   y  hasta   crueldades,   parecían    haber   borrado  todas  sus  faltas  del  pasado  con  la  misma   facilidad con  que  yo  borraba   los  dibujos  que  hacía  en  el polvo de los caminos con los dedos de los pies, porque el Niño Dios les había poblado las manos de muchos y muy lindos juguetes. Seguramente era  yo mucho más  malo que  ellos, con mi  cara tiznada por  el carbón de las últimas cargas de leña, con mis cabellos enmarañados, con mis  piernas vestidas del  amarillo sedoso del polvo de los caminos y con mis ropas caprichosamente caladas por las espinas de los  montes.

 Para  los chiquillos del  pueblo  parecía  ser  un  motivo de complacencia el regarme por  los oídos los sonidos de sus tambores, de sus pitos y de sus cornetas.  Soltaban sus risas y sus carcajadas y la ponían a dar vueltas y vueltas a mi  alrededor, como mariposas de sonido.

Había tras de los vidrios de los escaparates una multitud ce juguetes: pelotas y muñecas, carritos y aeroplanos, globos y  cornetas…   ¡Qué montón  de  juguetes!…    Qué montón de pequeños tesoros para la envidia inútil  de los chiquillos pobres!…  Los niños del campo abrían la boca, las manos y los ojos con un asombro sediento y ansioso.

El deseo de los muchachos les hacía arañar los vidrios con ojos ambiciosos, con la respiración emocionada y con los dedos afanosos. Parecía que  querían hacer pedazos las vitrinas para  hundirse completos en los montones ce  juguetes y revolcarse en ellos con el mismo regocijo salvaje con que yo me revolcaba en la caja de los llanos anchos, hambriento  de  sol y  de viento.

Cuando terminaba la novena, la gente venía a aglomerarse en el atrio de la Iglesia. Los chiquillos, encaramados  en los hombros de sus padres, levantaban los ojos  el cielo para ver más y mejor, para inundarse las miradas con el  fulgurante colorido de los fuegos artificiales.

Un  volador cortaba el aire y rompía  el  murmullo del gentío con su ruido de mil colores  y los ojos abiertos de los niños, olvidados momentáneamente de los juguetes y hasta de las sonrisas prometedoras del Niño  Dios, se precipitaban hacia el cielo, siguiendo la brevísima y  luminosa  estela de  los voladores.

¿Sabe usted,  Padre,  que  ahora  me  parece  que  todo aquello era muy lindo?..   El segundo volador siempre resultaba más bonito que  el  primero.  ¿Por qué  todo era tan lindo en esas noches de Pascuas y yo no me daba cuenta, .Padre? ..

Otro  volador…   y otro  más..     Diez.  Cien.  Mil.   la noche se llenaba de voladores. Saltaban de aquí y de allá y de más allá. Cortaban el  aire claro con sus afilados silbidos. Estallaban allá arriba, muy  en  lo alto, con ruidos luminosos y  brillantes, y  el  cielo se  llenaba de  fugaces estrellitas multicolores.

De  pronto:

-¡El    globo!. ..  ¡El globo!. ..

¿Quién gritaba?.~   Nadie. La multitud.  Todos:

-¡El globo! …   ¡El globo! …

Lo  elevaban  hombres  empinados,  cuyos  rostros,  empurpurados por  las  llamas del  mechón y  sudorosos por  el  calor, brillaban  fantásticamente  en la  noche florecida de alegrías. Eran unos globos enormes, Padre…  Los. había  rojos,  blancos  y  azules.  Había,   también   hermosos   globos de  colores  combinados.  De  aquí  subía  uno,  allá  ascendía   otro…  otro   y  otro…

¿Cierto que  esos globos eran  para  el  niño  Dios,  Padre?..     Se  elevaban  lentamente,   contoneándose  en   el aire, como mujeres en días de fiesta. y seguían su viaje orgullosos hacia  el  cielo lejano…   ¿Llegarían allá  algún día? ..   ¿Cuándo  llegarían  al  cielo,  Padre?..     ¿Y   por qué  nadie  se montaba  en  ellos y  emprendía  un  sabroso viaje  hasta  más  allá  de  las  nubes  blancas, azules y  negras, donde vive el  Niño  Dios con todos los Santos? …

Eran muchos globos y  muchos voladores y  los chiquillos se los repartían   a gritos:

-¡Ese  azulito es el  mío!. ..

-¡El  mío  es  el  rojo!. ..

Y los voladores se precipitaban  tras  ellos, en  inquietante  persecución: -¡Dios    mío!. .’   ¡Casi lo coge!. .. Encaramado en  el  techo de tejas  de  una  de  las casas cercanas o  trepado en  las ramas de  uno  de  los árboles del  parque,  yo miraba  y   miraba,  casi sin  sentir.   Veía como  la  inquietud   curiosa  hacía  rodar  de  un   lado  a Otro   lado las piernas, los ojos y  los pensamientos de  los chiquillos.

Cohetes,  voladores,   buscapiés.. .   Brillo   de   estrellas, luces  de  colores  con  rápidos  parpadeos,  sonrisas  amarillas de  la  luna  llena  y   graciosa, guiños  brevísimos de los luceros plateados.

La alegría saltaba de aquí y de allá como de mil  surtidores   de    entusiasmo.     Pitos,    juguetes… ¡Nochebuena! …

La nochebuena era, para  mí,  un  gentío  enorme y  un montón  de  muchachos  derramados sobre  las  calles del pueblo  para   no   dejarme   caminar,  para   estrujarme  y para  hacerme respirar  un  aire  espeso y  sudoroso, lleno de gritos desarticulados.

A  veces me  reía  mirando  el  efecto de  los  buscapiés, Atolondrados, los chiquillos ponían  a  saltar  sus piernas desesperadamente. La  gente,  embriagada de  alegre  susto:  se  empujaban  los unos a  los otros. Muchos corrían a  esconderse tras  de  los  pilares  de  la  casa de  Polo de  "las ñopas".

Cuando  se  acababan  los  globos  y  los  voladores, el cielo se ponía quieto  de tanto  vacío y  la  gente  comenzaba a  regresar  a  "La Placita".  Volvían  a  oírse, entonces, los gritos de "los chiveros".

-¡Dos    reales ida  y  <los reales vuelta!…   ¡A  Los Algarrobos!. ..   ¡Dos  reales ida y   dos reales vuelta!…

-¡Cuatro     reales  ida  y   vuelta!.. .    [Hasta  Barbarena voy!. ..   ¡Cuatro reales ida y vuelta!…

Yo  me 1ba deslizando trabajosamente por  los portales de  las  casas. Las  vidrieras  seguían  acariciadas por  las miradas, cada  vez  más desesperanzadas, de  los  chiquillos pobres.   Algunos  iban  curioseándolas una  por  una. Contaban con  la  vista todos los  juguetes, hasta los más pequeñitos, y los describían para sí mismos, con un murmullo de palabras tiernas, como gozándose en el extraño placer de hacer más intensa su ansiedad sin esperanza.

-Ese es un  aeroplano…  Tiene las alitas azules y cola amarillita. . .  Seguro que puede volar  solito. ¡Ruuuuuummmmmm!.    y  se van  volando   por  el  aire.

-¡Cuántos  juguetes!…   Dos  carros  grandes   y  siete chiquitos. ..  Cuatro aeroplanos…   Cuatro    pelotas  coloradas,   tres azules  y  cinco amarillas…  Un montón de pititos chiquitos… 

Una muñeca grandota y cuatro más chiquitas…

Y así se me iban pasando las horas, una por una. Cansado de empujones y  de  estrujones, iba  a recogerme en el sueño dentro  de cualquier cocina. No  esperaba la visita del Niño  Dios y  no me desvelaba el recuerdo de los juguetes, que  no podía  tener  y  que  no  sabía desear, ni la  alegría  dura  que  había  mirado  en  los ,rostros de  los otros muchachos se acercaba a producirme insomnios.

Por la mañana, me  despertaba la  bullanga de las cornetas, de los tambores y  de los pitos.  Yo  me  iba  para el  monte  a  buscar  mi  carga  de  leña,  como  cualquier otro  día.

Al salir del pueblo, delante de mis ojos el camino iba estirando su franja  polvorienta y  cansada, siempre igual. Por  detrás  de  mí  venía  un  viento  juguetón  y  achiquillado  que  se  entretenía  en  ir  haciendo  desaparecer las huellas que mis pies desnudos iban dejando sobre la superficie polvorosa del  sendero.

Verde  jubiloso en  las hojas de  los arbustos que  asomaban  sus ramas a  la  orilla  del  camino.  y más arriba de las copas húmedas  de los árboles corpulentos,  por encima del  amontonamiento brumoso de  los cerros azules, la  madrugada en  viaje  se llevaba sus celajes multicolores   y  daba   paso a los gritos amarillos del sol madrugador. 

Yo adelantaba mis pasos despreocupadamente,  Una tierrera  animaba el instinto de cacería de  mis manos inquietas y me detenía los pies. Me agachaba suavemente,  lentamente,  para  coger  con  cuidadoso disimulo  una piedra  de  la  orilla  del  camino…   Pero  la  paloma, más viva y más maliciosa que  yo, alzaba su  frágil  vuelo sonoro  y  se  iba  por   el  aire  celeste,  trazando  un   leve rombo  burlón  de  adioses aleteados. Mis  ojos seguían  la ruta  chocolate de las alas en  viaje  y  como había  dentro  de  mi  ser un  poco de  desilusión por  no  haber  podido  matarla, me  animaba  con una  reflexión:

–‘¡.El  susto que  cogió!…   Si yo hubiera  querido  matarla  de  verdad, me  agacho más  ligerito y la  dejo  ahí tendida de una pedrada…

Con seguir caminando, pronto echaba al olvido el incidente de la palomita. Arrancaba una rama  de  ciruelo y,  desnudándola  de  hojas,  iba   trazando  con  ella  una línea  efímera sobre  el  polvo  del  camino  para  anticipar el rumbo de mis pies. Del sendero, lacerado por la punta  de  la  rama, se levantaba una  delgada y  larga  nube­ cilla  de  polvo  amarillento  que  se  iba  pegando  a  mis piernas  sudorosas, desnudas hasta  más  arriba  de  las rodillas.

El suave sol de la  mañana  pronto  asomaba y  comenzaba a  escurrirse por  entre  mis  cabellos enmarañados y el viento,  que  me  llegaba por  detrás  de  la  cabeza, me hacía  cosquillas en el lóbulo de las orejas.

En el monte  encontraba más aire de fiesta que en  el pueblo   bullanguero.    De   las  ramas   se  desprendía   el  chillido   saludador    de   los   pajaritos    madrugadores.      De   la hierba   de  las  orillas  surgía   un  perfume    verde  y   húmedo que   me  jugueteaba    sabrosamente    por   dentro   de  las  narices.  El  alma  de  los  montes,   con  sus  elementos   de  color y  sonido   y  con   su   producción    de   pájaros   y  flores   en plena   madurez,   me   entretenía    las   pupilas,   me   alegraba los oídos  y   me  encendía   dentro   de  las  venas  un  rumbo rosado  para  el  viaje  de  mi  sangre  sin  cauce.

Hundido   en  el  monte,   buscando   por  entre   los  matojos la  leña   seca  que   servía   para   cocinar   la  hartura   de los poblanos,   encontraba   la  agradable   compañía   de  las  cosas, que   me   miraban    con   aire   de  cariño   y   me   sentían   con calor  de  amistad.  Y  al  mediodía,   bajo  la lluvia  cegadora del   sol   caliente,   regresaba    al  pueblo    con   mi   carga   de leña  negra   y   seca.  Una   risa  de  pájaros   sencillos  y   amables  me  despedía   cuando   me  separaba   del  borde   de  los montes.

–   ¿Cuánto    quieres    por    esa   carga    de   leña,   Sindulce?  ..   -me     preguntaban    las   mujeres   asomándose   a  las puertas  de  sus  viviendas.

Y pronto  obtenía: un  par  de reales o un  poco de  comida  por  mi  carga  de  leña.  El  calorcillo abrigador  de cualquier  cocina  cobijaba  mis  noches  sin  insomnios  y sin  sueños. Mi  vida  era  simple  y  sencilla, sin  cariños y   sin  odios.

El día en que Linda vino a mí, la Nochebuena estaba derramando su  fiesta por  las calles del pueblo. La algarabía  del  entusiasmo comenzaba a  crecer por  las calles, por  las plazas y por  los parques.  Yo  me había arrinconado  en  una   de las  esquinas   del  atrio   de  la  Iglesia  para mordisquear    con   calma   el  pandedulce    caliente   con   que la  niña  Susana  me  había  recordado mi  nuevo cumpleaños. La   tarde  amarilla comenzaba a  colorearse por  en cima  de  las  alturas de  Verdún  y  un  crepúsculo rojizo  descendía con lentitud de buey abrumado de fatiga.

Frente  al  atrio  de  la  Iglesia,  la  chiquillería  desgarraba  Sus   gritos,  sin  que  con  ellos lograra  quebrar el sueño de mi  curiosidad, En  esos momentos yo era  todo sentido del gusto para  mi  pandedulce  caliente.

De  repente,  la  vi  venir  hacia mí…   Corría  angustiosamente, desesperadamente, con un miedo hondo y  ancho llenándole las  limpias  pupilas.  la   chiquillería  la  perseguía con la algarabía de sus gritos… 

Llegó  hasta  mi lado,  con una  imploración de ayuda  pugnando por traducirse en la imposibilidad de una palabra.   Y  quién  sabe  por qué  extraño  presentimiento adivinó su protección en  mis brazos y  en  ellos se refugió con instinto de animal cansado. 

-¡Mírala!…      ¡Allá está, en  el  atrio,  con  Sindulcel… 

-gritaban    los muchachos. Para  protegerla, me  metí  con  ella dentro  de  la  Iglesia.  En  la  sombra de un  rincón,  nos quedamos quietos y  callados. Para que no temblara, le dí un pedazo de  mi pandeduIce. 

Durante  un  largo  rato  estuvimos en  ese rincón, contemplándonos. Ella, refugiada en mis brazos, con sus  pupilas de  agua clara mirándome con una  chispa luminosa que  era  agradecimiento completo y confianza total.  Yo gozando intensamente el placer de saberme protector  de alguien y sintiendo dulcemente que dentro de mí comenzaba a florecer el cariño y a germinar la ternura. 

Fué  mi  primera  Nochebuena  dulce, padre. Me  parecía  que  ella  era  bonita,  con  su  cuerpecito  flaco  y con sus ojos  limpios  y  claros.   Desde  entonces,  la  llamo "Linda"…. 

La  quiero  mucho  ¿sabe usted,  Padre?..     Es la  única que me quiere. Es mía  porque  ella quiere  ser mía.  Me tiene  cariño, me  siente su  amigo y confía en  mí; como los niños confían en la bondad del Niño  Dios. 

Es   lo  único  que  tengo.   Toda  mi   ternura,  insentida durante  tanto  tiempo, ha surgido de pronto  para  ser de ella, solamente de ella. 

Linda y  yo somos, desde aquella tarde, una  sola alma y casi un  solo cuerpo, porque  jamás nos separamos. 

-Allá    viene Sindulce con su Linda. .. 

-dice la gente cuando nos ve pasar. y ella me mira…   y yo la miro. 

Todos  los  años, para  la  Nochebuena,  la  traigo  a  la Iglesia: Si  tenemos  algún  realito,  se  lo  damos  al  Niño Dios y lo beso dos veces los dedos de los pies:  una vez por mí  y otra vez por Linda. 

Le enseño  el  Nacimiento,  le  señalo con  el  dedo  los pastorcíllos, la  Virgen,  el  San  José,  las  ovejitas  y  el Niño   y  voy  describiéndole  las   imágenes  una  a  una. Cuando le  muestro  la  estrella grandota,  el  agua  de  sus pupilas parece agitarse temblorosamente. 

Después, nos vamos a la calle,  Miramos los globos, los voladores y los cohetes. Gritamos.. como todo  el mundo; Nos metemos por entre el  gentío. Empujamos y nos empujan,   Estrujamos y  nos  estrujan. Y  le  aseguro a  usted, Padre, que  desde  cuando  Linda llegó  a  estar  conmigo, nunca nos ha  faltado un  pedazo de  lechona asada  o  un plato de sancocho de gallina en  cada Navidad. 

Por eso,  esta noche la  traje  también  a  la Iglesia. No se  me  ocurrió  nunca  que  usted  podría  disgustarse por  eso.  No  hacemos nada malo, Padre.  Linda no molesta  a nadie.  Viene  aquí  conmigo, tan  calladita que  nadie  se da  cuenta de  que  ella está aquí,   ¿Por qué  no  nos  deja estar un  ratito  más  mirándole  la  sonrisa al  Niño  Dios y   contemplando  las  luces rojas  y   azules de  la  estrella grandota? .. 

-Porque no puede ser, hijo mío.  Tú puedes quedarte aquí  todo el  tiempo que quieras,  pero  a ella tienes que dejarla afuera… 

-Pero,    Padre… 

-No,   no,  Síndulce:    ella  no  puede  quedarse aquí  ni  un  momento más,  Tienes que  darte cuenta  de  que  eso no  estaría bien.  Nunca  se  ha  permitido  eso.  Sácala de aquí y ya sabes:  de  ahora  en  adelante, entras  tú  solo todas  las  veces  que quieras,   pero  a  ella la  dejas afuera… 

-Pero  ¿por  qué,  Padre?..       ¡Si  ella  no  molesta  a nadie!. . . 

-¡Te  he dicho que no puede ser,  muchacho!… 

¿Cuándo has visto tú  animales en  la  Iglesia?..   

¿Cómo se te  ocurre que  voy a  dejar  que  ande  por  la Casa de Dios  esa perra  sucia  y  pulgosa?.

¡Saca de  aquí  de una vez a ese animal!… 

Sindulce aprieta  a  Linda entre  los brazos,  lentamente,   casi   arrastrando   los  pies,  se   desliza hacia afuera  por la  ancha nave del templo. 

La  Nochebuena  grita su  alegría por las calles y por las plazas.  Hasta   el  interior   de  la  Iglesia  llega  la  música de las carcajadas,  de las canciones, de los gritos.  El Padre se detiene  un  momento  a  contemplar  la  estrella grandota que lanza sus rayos rojos y azules sobre el Nacimiento. Y  allá, cerca del templo, alcanza a percibir  un reflejo plateado  que  enciende unos  mechones de  la  cabellera enmarañada de Sindulce. 

El Cura  mueve  tristemente  la  cabeza.  Contempla  el rostro del Niño  Dios, sonrosado y  gordezuelo.  y  se estremece de repente  porque  ha  creído ver brillar  una  lágrima, pequeñísima  como una  luciérnaga en las pupilas inanimadas  de  la  imagen  del  Niño. 

-¡Sindulce!. ‘.  -exclama  el Padre, dirigiéndose al muchacho!…

¡Ven  acá, muchacho!…  ¡Ven  acá!… 

-¡Mande    usted, Padre? … 

-Está  bien:   puedes  quedarte  y  la  perrita  también.

Pero,  eso  sí, mucho  cuidado con  estar  molestando  a la gente y nada de hacer bulla, ¿eh? .. 

-¡Sí,   Padre,   sí,   Padre!’..       ¡Muchas  gracias,   Padre!. . . -casi    grita  el  chiquillo, entusiasmado de  alegre sorpresa. 

El Cura se vuelve hacia la  imagen del Niño  y en los ojos y  en los labios del pequeño Dios encuentra otra vez la dulce sonrisa.

Afuera,  la  alegría  pascual  satura de  fiesta  el  aire  celeste  y en la orilla del Nacimiento,  el agua clara de las pupilas  de Linda  parece temblar un poco  cuando  Sindulce le  describe la  luz  azul y roja  de  la  estrella grande.